martes, 17 de febrero de 2009

50 píldoras para entender la crisis, de Juan Torres López


Ya dije en una anterior entrada que me indigna el uso que se está haciendo de la palabra "crisis"; y no es que no haya crisis, que bien lo estamos notando en los bolsillos (esos que, como dice la viñeta, crían piedras cuando están vacíos), pero es que cada vez queda más claro que el término se está usando para enmascarar la palabra "saqueo", que, sin duda, se ajustaría más y mejor a la realidad. En este sentido, resulta indignante que en los últimos días tengamos que oír de boca de personas que deberían callar por vergüenza (siquiera por la parte que les toca en el saqueo que ha acabado en crisis) declaraciones en favor del despido libre y críticas al gobierno acusándolo de ser el responsable directo de las actuales cifras de paro. Y no es que quiera defender aquí a un gobierno, que como todos los gobiernos del PSOE, destaca por su tibieza y su cobardía a la hora de llevar a cabo una política acorde con el significado de sus siglas, pero es que resulta sangrante el cinismo de quienes después de haber favorecido el expolio de los bienes públicos, la explotación sin límites, el neocolonialismo y el saqueo a las arcas públicas, nos salen ahora con un discurso que parece culpabilizar a los trabajadores de la crisis económica.
Es ya momento de plantarse, de acusar abiertamente a los que nos han robado y siguen robándonos (véanse los repartos de beneficios en empresas que han recibido millonarias ayudas del estado) de la actual situación que vivimos no sólo en España (donde el efecto de su codicia y su especulación va a generar miseria y graves crisis personales), sino en el mundo entero, en el que el legado de las políticas neoliberales, que nos han llevado al desastre, acarreará muerte, violencia y fascismo (esa curiosa ideología política nacida del sálvese quien pueda en el río revuelto en el que siempre ganan los mismos pescadores). Es hora ya de acusar a estos individuos de estafa, robo y (a tenor de las consecuencias de su codicia) de homicidio. También lo es de reclamar, con toda justicia, que las millonarias subvenciones de los estados a las corporaciones de ladrones y usureros, se entreguen directamente al ciudadano, primero porque no se trataría en este caso de subvenciones, sino de la simple devolución de lo que, con permiso del estado, se le ha venido robando legalmente en estos últimos años y, segundo, porque, resolviendo así sus problemas económicos, devolvería inderectamente al sistema la liquidez que reclaman los acaparadores.
Esto último que digo quizá no resista un concienzudo análisis económico (que me perdonen, que un servidor es doctor en filosofía y letras, lo que no dice mucho en favor de sus habilidades como ecónomo); sin embargo, creo que el conjunto de lo que aquí defiendo está acorde con las reflexiones de economistas tan prestigiosos como el doctor Juan Torres López, Catedrático de Economía Aplicada del Departamento de Teoría Económica y Economía Política de la Universidad de Sevilla. Tomo de su magnífica web el siguiente artículo, que reproduzco íntegramente pues entra de lleno en el asunto al que antes me refería, el discurso con el que, tras habernos saqueado, se nos quiere hacer culpables (a trabajadores y consumidores) del robo del que hemos sido objeto. Y ya puestos, os recomiendo vivamente que leáis también los textos en los que repasa punto por punto las causas de la llamada crisis, que podéis encontrar también en una de las secciones de su web, titulada 50 píldoras para entender la crisis y en el siguiente enlace a la web de Rebelion.

MENTIRAS

Durante estos años de políticas neoliberales se ha dicho que había que moderar los salarios para que así las empresas tuvieran beneficios y pudieran crear empleo. La secuencia parece lógica pero no es cierta. Estos días acabamos de ver nuevos ejemplos de su falsedad:
Día 28 de enero: El Banco Santander anuncia un beneficio neto atribuido de 8.876 millones de euros en 2008.
Día 9 de febrero: El Banco de Santander remodela su banca de consumo y prescindirá del 30% de su plantilla.
Las empresas desean que los salarios sean bajos pero para tener más beneficios por la vía más cómoda de ahorrarse costes de personal no para crear más empleo.
Lo han conseguido en los últimos años y ahí están las desigualdades que se han ido agrandando. Pero ese incremento en los beneficios no necesariamente deriva en más empleo. En los últimos decenios hemos podido comprobar que una gran parte de los beneficios se han destinado a la especulación financiera o inmobiliaria, de modo que no han llevado consigo la inversión productiva que podían haber generado. Otras veces, puede ser que se apliquen a nueva inversión, pero tampoco está asegurado que esa inversión cree puestos de trabajo, ya que puede estar dedicada a incrementar el capital fijo, la tecnología, ...
La presunción de que salarios más bajos dan lugar a más beneficios, los mayores beneficios a más inversión y ésta a más empleo es eso: una presunción.
La realidad es que los salarios más bajos producen otros efectos: por un lado, las empresas tienen más beneficios y más poder, lo que les permite imponer condiciones más favorables en sus relaciones con los trabajadores. Por otro, tienen un efecto paradójico y perverso. Si una empresa logra salarios más bajos, reduce sus costes y puede obtener más beneficios. Pero si eso lo hacen todas las empresas (como ha ocurrido en los últimos años) lo que sucede es que disminuye la demanda potencial total que hay en los mercados puesto que ésta depende en gran medida de la capacidad de compra de los trabajadores. El propio Henry Ford lo decía: "todos los capitalistas del mundo somos insuficientes para comprar todas las mercancías que producimos".
Esto es lo que ha hecho que bajo el neoliberalismo de los últimos años el crecimiento potencial de las economías haya sido tan bajo y que se haya creado mucho menos empleo y más precario.
Los economistas que defienden la tesis de que hay que moderar los salarios para crear empleo parten de un presupuesto erróneo: consideran a los salarios solo como un coste cuando en realidad son también una componente de la demanda y un factor decisivo de la productividad (por eso cuando más bajos son las economías suelen ser también menos productivas, menos competitivas y más empobrecidas e empobrecedoras).
Pero no se trata de un simple error teórico: da la casualidad de que ese "olvido" es lo que permite divulgar como científica una tesis que solo beneficia al capital.
La paradoja es que los capitalistas podrían ganar más dinero si pagaran salarios más elevados a sus trabajadores porque de esa forma tendría a su disposición mercados más amplios (basta con comprobar la parte tan grande la humanidad que está fuera del mercado de bienes y servicios) pero si lo hicieran perderían poder. Y sin poder en manos de los empresarios lo que estaría en peligro no sería el beneficio sino el propio capitalismo y los privilegios de los capitalistas y de quienes de viven de ellos y a su servicio.
Es por esa misma razón que tampoco les conviene que haya pleno empleo aunque con éste pudieran ganar más: porque con empleo asegurado los trabajadores tienen más poder y pueden poner en cuestión la jerarquía y la injusticia de base sobre la que se sostiene el capitalismo.
Y también por eso ha estado de moda decir en los últimos años que para crear empleo lo que hay que hacer es flexibilizar las relaciones laborales. Lo que tampoco es verdad: quieren flexibilizarlas también para tener más poder, pero no porque sea necesario para obtener más beneficio o para ser más competitivos.
Lo acaba de decir muy claro uno de los mejores conocedores de los mercados laborales, el Premio Nobel de Economía Robert Solow: "España necesita tecnología, no flexibilidad laboral".
Los empresarios saben muy bien todo esto. Saben que lo que de verdad necesitan es poder y es por eso que se han cuidado, sobre todo, de quitárselo a los trabajadores, por ejemplo, consiguiendo domesticar a muchos sindicatos.
Y es también por todo ello que el neoliberalismo esté coincidiendo con una pérdida paulatina de pulsión democrática en todas nuestras sociedades.
Lo que indica que lo que habría que hacer es crear las condiciones para que los trabajadores tengan más poder y evitar que se concentre cada vez más en manos del capital.

Juan Torres López

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