miércoles, 26 de noviembre de 2008

De un profesor "emboscado"


Al hilo de lo que os decía en la anterior entrada, he recordado unas palabras que añadí a modo de comentario a la entrada del blog de José Luis Garrido al que antes os dirigía. Por aquellas cosas de la informática (o sea, por mi torpeza) aparecen allí como comentario de un lector anónimo. Pues vale, digamos que son del "profesor desconocido":

Hace unos años me decía un compañero, profesor de secundaria más curtido y experimentado que yo, que teníamos que ser conscientes de nuestro poder, de nuestra capacidad de cambiar la sociedad (temible para quienes están detrás del "golpe de academia" al que se refiere el mensaje). Su opinión venía a cuenta de una conversación en la que le expresaba mi hartazgo y mi frustración como profesor al darme cuenta de que no conseguía centrarme en lo más sustancial de mi labor, la docencia y la tutoría, al tener que dividirme o multiplicarme (quién sabe) entre tareas como planes de mejora, seminarios, programaciones y demás mandangas "memorizables".
He recordado esta conversación (que viene dándome ánimos desde ese día) porque, al leer el mensaje, he pensado que las maniobras a las que se refiere se unen, a modo de puntilla, no sólo a las sucesivas reformas legales (que con el apoyo del comisariado pedagógico y el clero psicologista han allanado el camino a este definitivo "Golpe de Estado en la Academia"), sino también a la sobrecarga de burocracia, a la sobrecarga de trabajo y de responsabilidades, a la de programas creados sólo para la foto o la estadística, al miedo infundido en el profesorado (al igual que en el resto de la sociedad), que nos atenaza y que se expresa en las múltiples formas de lo políticamente correcto, y al continuo desprestigio y desautorización del profesorado de secundaria, que llega a creerse, de tanto escucharla, la falacia de su incapacidad o falta de competencia pedagógica. Y todo esto, ¿para qué? Pues es bien sencillo, para que no ejerzamos el poder que está en nuestras manos, aquél que tenemos pese a todo dentro del aula, cuando todo el edificio legal se reduce a cada uno de nosotros y nosotras frente a los jóvenes que la sociedad ha puesto en nuestras manos.
Hay motivos de sobra (hace ya décadas) para decir basta y movilizarnos no sólo por nuestros intereses más domésticos, sino por la responsabilidad que tenemos como educadores y profesores de nuestros futuros ciudadanos y que, paulatinamente, estamos perdiendo para ser reconvertidos en adiestradores de consumistas. Pero, francamente, la mejor movilización, la más eficaz, es la que cada uno de nosotros y nosotras podemos hacer dedicándonos a lo que no quieren que nos dediquemos, justamente en el único territorio en el que seguimos siendo poderosos.
Así, se me ocurre que, al modo del "emboscado" de Ernst Jünger, debemos retirarnos al bosque del aula y enfrentar nuestros miedos, asumiendo que en modo alguno somos unos incompetentes o unos inútiles, como se han empeñado en hacernos creer. Sólo así podremos liberar todo nuestro poder y educar en vez de adiestrar. Sólo así podremos hacer de nuestros jóvenes los ciudadanos con capacidad crítica que necesita una sociedad que se supone democrática.

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